Añoranza, tristeza, melancolía, calor, pena, mucha pena; estas palabras fueron las que acabaron con la joven vida de la Princesa que vino del hielo, Cristina de Noruega, la bella, la extranjera.

Hace muchos, muchos años, tantos como 754, a estas tierras nuestras las cubría el manto del todopoderoso Alfonso X el Sabio. El inteligente monarca nunca ocultó la idea de hacerse con la corona del Sacro Imperio Romano Germánico, poseía sangre alemana, ya que era hijo de Beatriz de Suabia, circunstancia que le hizo aspirar a la coronación imperial de Alemania, y para ello nada mejor que recabar apoyos y emparentar con Haakon IV el Viejo, el gran rey Noruego; como contrapartida éste obtendría el control sobre Lübeck y el cereal del Báltico, amén de múltiples influencias. La esposa de Don Alfonso, Doña Violante de Aragón y Hungría, durante muchos años estuvo vinculada a estas tierras nuestras del Valle del Ambroz, ya que su marido le cedió el uso y disfrute de estos montes de caza; años más tarde, ella, generosa, donaría el famoso castañar de Hervás, a dicho municipio.

El matrimonio de Alfonso y Violante no acababa de cuajar por incapacidad de ésta, o a lo mejor de él, para concebir descendencia; aunque la cosa se arregló con el tiempo y entre libros, músicas, cazas y cortes tuvieron once hijos, para que luego digan.

Alfonso mandó emisarios a la corte Noruega, concertando un enlace matrimonial; aunque cuentan las malas lenguas, otros lo certifican, que en un principio sería el aspirante a desposarse, tras repudiar a Doña Violante, ante la tardanza de un heredero, pero el asunto no fue a mayores y el acuerdo matrimonial sería para el infante Don Felipe de Castilla, hermano de Don Alfonso, aunque algunos mantienen que Alfonso y Cristina se amaron clandestinamente, junto a la muralla.

Así las cosas, a principios del mes de septiembre de 1257, en la corte Noruega, donde siempre es otoño, se inician los preparativos para construir una gran nave; el pueblo vikingo se pone manos a la obra para fletar una embarcación de 25 metros de eslora; una fortuna en piedras preciosas, oro, plata, bellos vestidos, valiosas tallas y ornamentos y un impresionante ajuar, se almacena en las bodegas de la gran nave; la guardia personal, marineros, obispo, damas y nobles , unas 225 personas, custodian la dote y en un viaje largo, muy largo, acompañan a Cristina Häkonsdatter, la princesa de ojos azules y cabellos rubios, poseedora de una belleza descomunal, que viene a entregarse, con sus 24 años, a un hombre también muy bello y seductor, antiguo obispo de Sevilla, el infante de Castilla don Felipe, el hermanísimo de Alfonso X el Sabio. Navegaron hasta Yarmouth en Inglaterra, cruzaron la Francia de Luis IX, llegando a Barcelona, donde el recibimiento fue impresionante, saliendo a su paso 400 hombres a caballo, y donde Jaime I de Aragón, sujetando las bridas del caballo negro que montaba la princesa, quedó prendado de la joven vikinga, no viendo el momento de dejarla partir hacia Castilla; dicen que se quedaba paralizado cada vez que la veía. La princesa abandona Cataluña y se dirige a Castilla donde el infante don Felipe la espera impaciente, éste había sido abad de la Colegiata de Covarrubias, Burgos, a los 21 años y arzobispo de Sevilla, pero, sabido era de todos su escasa vocación, cuelga los hábitos, a instancias de su hermano Alfonso, para desposarse con aquella rebosante y femenina princesa nórdica.

El 31 de marzo de 1258 se celebró la boda en Valladolid; Cristina le pide a don Felipe que mandara a construir una iglesia en honor de San Olav, patrono de Noruega, lo cual el infante aceptó muy gustoso. La pareja se traslada a Sevilla, donde vivirán los próximos cinco años. Estamos en primavera y todo parece ir de color de rosa; el tiempo es fresquito y aunque Cristina se acuerda de los ordos noruegos y de sus bellas montañas, todo lo soporta, aunque las grandes mesetas hispanas ya le hacían torcer el gesto. Comienza el calor, mucho calor, la humedad del Guadalquivir, y esto, para ella, la princesa que vino del hielo, de los glaciares eternos, es todo un suplicio. Los hijos no vienen y pronto, su marido comienza a cansarse. Felipe la ama, pero ella se sumerge en un estado de melancolía absoluta. Le traen agua de su añorado país; nieve de Sierra Morena, juglares y malabaristas, pero nada, un sentimiento de pena va consumiendo poco a poco su vida; algunos mantienen que incluso pudo ser envenenada. Nunca terminó de entender la lengua de la corte castellana, tampoco sus conversaciones y menos aún el rígido protocolo.

La vida de aquel bello rostro, el más bello que las tierras hispanas vieron jamás, se apaga sin cumplir los 28 años; el 31 de agosto de 1262, el más caluroso, que en siglos se recordaba, con lo que ella odiaba el calor y amaba los inviernos fríos de nieves perpetuas. El cortejo fúnebre, con su marido al frente, se dirige al claustro de la Colegiata de Covarrubias, Burgos, donde es enterrada; a su lado, una campana, que si la tañen las doncellas, el amor vendrá a ellas.

El templo, que le pidió a su esposo Felipe, pero que quedó en el olvido, anhelo de Kristina de Noruega, está en construcción bajo la tutela de la Fundación Princesa Kristina con un presupuesto de 900.000 euros. Después de 753 años, se terminó el día 29 de julio de 2011. Los caballeros noruegos vienen, cada dos años, para homenajear, ante su tumba, la belleza de aquella mujer que murió de pena, entre el recuerdo de su lejano país y sus glaciares de hielos eternos.

Por cierto, dos veces, dos, cruzó el Valle del Ambroz, por Aldeanueva del Camino; una, de ida, rebosante y desposada, camino de Sevilla, y otra, de vuelta ,ya con aquellos ojos azules, tan bellos, cerrados, camino de su última morada en la Colegiata de Covarrubias, Burgos; la piedras del imponente castillo de Segura de Toro, observaban la comitiva, desde lo alto de la sierra; y seguía haciendo calor, mucho calor.

 

Matías Simón Villares Multiplicador de ilusiones